Publicado en Cuento, Todo, Vida

El sueño de la escuela.

がっこう

—¡Increible!

Le conté de mi extraño sueño a Dario, mi amigo de la infancia. En toda la escuela, él es el único que escucharía con seriedad toda tontería que yo dijera. Yo pago sus bondades haciendo lo mismo por él.

—¿Así que una prueba hoy mismo? Bueno, gracias a Dios no tienes que arrancarte el pelo esperando para saber si en verdad tu sueño es real o no. Si hoy no hay prueba, habrá sido un fiasco inventado por tu mente llena de libros de superación personal. Deberías hacerme caso y empezar a leer cosas más interesantes, como manga… —Sonríe con la sabiduría de un otaku.

—Pero, ¿Y si es real? ¿Realmente quieres verme con ese súper poder? —Sé su respuesta antes incluso de que su cara lo demuestre.

—¡Si uno de nosotros merece tener un súper poder, ese debería ser yo! He leído ya demasiado sobre habilidades paranormales como para regalárselo a un niño que no sabe nada sobre salvar chicas del desastre, o usar una identidad secreta.

—Esta bien, no me quejo. Si yo quisiera un súper poder, preferiría uno que afecte filosóficamente el mundo. Una habilidad espiritual. Ya sea el de cambiar a las personas desde dentro, en lo más profundo de su corazón. O quizás el crear la cura contra la vejez y la muerte. O tal vez contra su estupidez. Habilidades puramente físicas como aparecen en mangas y animes no me sirven de nada.

—¿Ves porque pienso que darte un súper poder es ridículo? Para empezar, ni siquiera sabes elegir uno bien. Por ejemplo, ¿Como te defenderás de los malos sin súper fuerza? ¿O la habilidad de controlar sus mentes? ¿Qué me dices de la teletransportación? ¿O quizá el crear campos de fuerza en forma de escudos, o usar portales para atravesar el espacio..? ¡Hay tantos, que es difícil elegir!

—Pero vamos, esos poderes no te ayudarán en lo más mínimo. Si tu objetivo es salvar a la humanidad, con esos poderes serás incapaz de algo así. Todo lo que podrás hacer es salvar a unos cuantos, de manera genial, eso si, digno de una película o un manga. Pero no podrás estar ahí siempre, ni detendrás todos los crímenes. Al final, siempre habrá algún malo con suficiente cerebro para organizarse bien, y saber cómo acabar contigo a pesar de tu ventaja maestra. Me imagino que toda habilidad tiene sus puntos débiles: La fuerza no es precisa, el control mental no puede ser permanente o absoluto, la teletransportación requiere de reglas limitadoras para no transportarse al suelo y morir, y etc… Y, lo más importante, la realidad no es igual a una película o un manga. Ser el bueno no siempre significa tener asegurado el éxito.

—Oye, oye… ¡Eso también se aplica a tus habilidades espirituales! Cambiar el corazón de las personas debe tener un punto débil, pues no todas quieren cambiar. Y no todos los humanos merecen vivir para siempre. Y eliminar la estupidez no elimina la maldad…

—Eso es total verdad, mis presuntos poderes también son limitados. Pero piensa en su alcance. Si salvas a una chica de un ladrón, o un asesino, solo la habrás salvado de una situación específica. Podrá toparse con otro ladrón, otro asesino, o cualquier otro peligro. El mundo está lleno de ellos. Pero con mis poderes no cambio una situación, sino a alguien. Con una sola persona cuyo corazón haya cambiado, lo hará por todo el tiempo que esté vivo. Si su corazón era oscuro y puedo cambiar eso en luz, irradiará luz por toda su vida. Es posible que contagie la luz entre quienes conoce. Al final, podría tener un corazón puro que le mueva a ayudar a otros corazones oscuros, y hacer así un efecto viral que lograría un verdadero cambio en el mundo. Así, puede ser que el ladrón, y el asesino jamás lleguen a ser ladrones y asesinos, y habré salvado a muchas de sus potenciales víctimas. Y no es necesario que use mi poder continuamente, sino que el efecto de mi poder perdura sin que yo lo use. Creo, esto es verdadero poder…

—Mmm… —Dario miró al techo unos instantes, pensando. Seguro que no sabía cómo debatir lo que le había dicho. Al final, se rindió, y decidió poner fin a la plática hundiendo su cara entre sus brazos, como durmiendo en su pupitre. Supongo que aún no ha aprendido a perder un debate. Yo lo imité, pues mis ojos no se habían recuperado del libro que aún continuaba leyendo.

Pasó sólo un minuto para que pueda distinguir el sonido de olas rompiéndose cerca.

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Autor:

Un chico normal con grandes ideales, eternas aspiraciones, una esperanza excelente, gustos que crecen cada día y buen sentido de humor. Normal, ¿No?

Exprésate, amigo(a)...

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